Manequi
Se trata de la figura despojada no solo de vestimenta, sino de voluntad y de rostro. La paleta cromática, dominada por blancos sucios, grises de cemento y carbón, junto a la pincelada áspera, niega toda calidez o presencia psicológica. El manequí no mira ni siente; es un eje de coordenadas, un punto de fuga vertical alrededor del cual se distribuyen los bloques de color —formas cúbicas que sugieren el mobiliario o la arquitectura de un espacio escenificado. Mi afirmación es que la única manera de observar la estructura de un espacio es introducir un elemento humano que no exija empatía. El rojo en los labios del maniquí no es vida, sino la mínima convención necesaria para que la figura se sostenga como idea.